Luces apagadas.

"Así son las perspectivas de la esperanza, pensaba el Magistral; cuanto más nos acercamos al término de nuestra ambición, más distante parece el objeto deseado, porque no está en lo porvenir sino en lo pasado; lo que vemos delante es un espejo que refleja el cuadro soñador que se queda atrás, en el lejano día del sueño..."

-La Regenta. Leopoldo Alas Clarín*.






Me gustaría expresarlo pero no sé si me duele demasiado hacerlo, o por el contrario, no me duele nada. Quizá lo que más me duele es no saber en qué momento dejé el escenario real y, en consecuencia, me hice esclava de un espejo.

El reencuentro.

Corría el agua en la cascada con más sed que nunca, necesitaba llegar. Necesitaba saciarse. Necesitaba caer. Necesitaba subir. Caer desde lo más alto. Golpearse frenéticamente con el manantial que abajo esperaba. La impresión con el cambio de temperatura, dejar el frío ardiente hasta alcanzar el fuego purificador de aquella mirada salvaje. Necesitaba hundirse entre los matorrales sugerentes que ofrecían sus pupilas. Alojarse allí por un tiempo y mirar al Sol de frente, desafiándole. Saludar al Tiempo desde el frenético fluir, alojados en la morada de la aguja segundera que marca el viento con sus traspiés despistados y olvidadizos.

Dejar de soñar y vivir al fin. Así que abandoné la imaginación, encerrándola con llave hasta que volviese y salí a la calle. La abandoné.

He vuelto y ya no está. Los muros, alarmados, fueron su cómplice abriéndole paso al escuchar sus discretos sollozos.

Yo he vuelto a mi prisión en su búsqueda, como siempre, pero ya no está. Hoy no vuelan las cenizas. Hoy no recuerdo el fuego. La olor a quemado lo devasta todo, como el bosque que ha dejado de serlo, convirtiéndose todo en montones de finas ramas superpuestas unas a otras con el único calor de sus huesos. Hoy no hay hojas que vuelan. No corre el viento por los caminos deshechos.


Algo ha muerto. Se han esfumado los fantamas. Tantos meses viviendo de imaginarte y ahora... ahora que te veo desapareces. Ahora que te he escuchado las claves de Sol abandonan el pentagrama. Ahora que te he tocado siento como te diluyes en mis ensoñaciones constantes. Y eso es lo que menos deseo.

Estamos a alturas diferentes. Para mí siempre estarás arriba. Serás mi idea perfecta, de la que dependo, la que me da luz, orden. No quiero que bajes, tampoco yo debo subir. Ambos sabemos que en el fondo es lo mejor. Si abandonamos el decorado ya nada tendrá sentido.

En el guión, yo te quiero, tú no y no quiero que lo hagas. Es algo desinteresado. No pretendo hacerte real.


Hoy la tierra y los cielos me sonríen,
hoy llega al fondo de mi alma el sol,
hoy la he visto... la he visto y me ha mirado...
¡hoy creo en Dios!

Bécquer.

Volverte a ver.

Esperaban largos días de vuelta a la flor de cristal. La ciudad de la luz y la ocuridad. Del rojo pasión. Muchos días se presentaban marcados por el rocío en el calendario de nuestras miradas. Sí, ese que yace abandonado en un lugar demasiado lejos, aparentemente olvidado, bajo las mantas más pesadas. Como si las miradas fuesen a salir de su escondite. Como si yo temiera volver a encontrarlas un día cualquiera...

Mi cómplice estrella, esa que vislumbró de lo que aún hoy sigo día a día intentando despojarme. Eso que la noche me confiesa al oido, como en un susurro entre las sábanas, llenando mis sueños de las peores profecías que cada vez a mi corazón con mayor frecuencia asedian. Esa que sale con luz en la mirada y que vuelve corriendo con la promesa de no intentarlo jamás... hasta que de nuevo la pasión es más fuerte, el sentimiento arrincona al escepticismo, al único que de vez en cuando se acerca con la intención de protegerme de los caprichos del deseo...

Cuando este no aparece, sólo me queda entregarme sin más a la mayor fuerza natural, de la que no hay escapatoria alguna. Me entrego culpable ante el jurado por haber intentado vivir lo que al parecer, no me pertenece según la contingencia que nos gobierna. Lo que sólo yo vivo. Lo que nadie conoce. Lo que sólo el viento esparce con su aroma a mi paso. Lo que me horroriza sin igual por la belleza sublime que derrocha, que me llama, que me atrae hacia ella, lo que me hace perecer de dolor, de pasión, fuego, luz.


Por eso haberte visto, habernos reencontrado de nuevo en aquellos días sólo hubiera supuesto un casi último aliento, un brillo dorado, un resurgir, un renacer para volver a morir de nuevo. Una oleada de cenizas esperando arder, pidiendo lo que les pertenece a toda costa sin más. Sin mirar que el mismo fuego que anhelan con demasía les hará perderse después en el más frío hastío que produce lo que nace y perece dejando cosas aún por terminar, troncos por arder. Morir sin estar satisfecho, morir dejando algo por acabar, dejando algo que jamás empezó. Eso hubiera significado volverte a encontrar, volverte a encontrar en el mismo lugar que mis labios rozaron con la sutileza sigilosa del momento irrepetible lo que jamás dijeron, lo que jamás besaron. Lo que siempre quisieron...


Volverte a encontrar hubiera sido... el último hálito de dulzura del que se encuentra entre las paredes verdes del destino, de las mascarillas que tiemblan de miedo, de la olor a final, de la última página del libro, del último desafío de la cordura, de la mayor posesión de la inspiración desbocada, del último grito desgarrador de la locura. Volverte a ver... hubiera sido el peor despertar de una pesadilla que no acaba, una pesadilla cuyo despertar resultó ser más terrible que la pesadilla misma.





Volverte a ver... hubiera sido precioso.




.

Caer.

Decepción. Nada roe más al alma que la decepción a sí mismo. ¿O no es a mí?. Sí y no. Quizá no valgo para esto. Quizá es verdad. Quizá tus palabras guardaban la verdad dolorosa encarnada. "No te equivoques". Pero debes saber una cosa, si me he equivocado, no había otra opción a elegir. No hay otra opción. No hay otra. Es la única manera en la que sé vivir.

Sí, vivo para mi, pero por ti. Cuando hago algo, lo hago porque lo quiero para mi. Para mi, pero contigo. ¿Entiendes?

Y cada vez que mis manos rozan el suelo, que se entrecruzan mis piernas hasta caer, cada vez que me hundo en la profundidad de mi soledad oscura, que siento que podría haberlo hecho mejor, me duele caerme. Pero no tanto por mi como por caer para ti. Caer a tus ojos. Caer y encontrarme a años luz de volver a subir para, ¿luchar por ti?. Para subir a ti. Pero es que acaso, ¿caigo para ti?, ¡Qué estúpida!, gritándole al silencio, una vez más. Escribiendo como si leyeras esto. Como si fueras consciente de algo. Cayendo por mi y por ti, por los dos. Sufriendo mi caída y mi caída ante ti. Hablándote desde aquí, al vacío. Creyendo que caigo para ti, creyendo que para ti alguna vez he estado arriba...

Nada.

Es sorprendente el entendimiento. Pasamos por el mismo camino todos los días, sin cambiar un ápice el recorrido. Tenemos delante todo lo necesario. Delante mismo. Sin más. Y no lo vemos.

Todo sigue con total normalidad, nada cambia, todo a la vez, todo cambia, y todo sigue igual. El resultado a la ecuación no varía. Sin embargo, un día lo entiendes. Sin que haya cambiado nada, todo sigue igual. Nada parece haberte hecho despertar de tu letargo y sin embargo, despiertas.

Despiertas y no hay nada alrededor, ¿sabes?, no hay nada. La soledad más infinita acompañada de la triste desesperanza surge de entre los rincones. No hay nada. No pasa nada. "Es lo que hay", gritan voces ajenas que te hastían con su ya asumida y abominable resignación. Ai, tú querías cambiar el mundo, tu mundo. Tú querías... querer sin más, querer sin motivo. Te enamoraste del deseo y te mostró su peor cara. Es lo que hay, ¿no?.

Te das cuenta de lo sola que estás ahora. De lo sola que has estado siempre. ¿Te sorprende? Tejiste un red aparentemente grandiosa al igual que vacía. No presenciaste grandes discusiones porque simplemente no había sobre qué discutir. Lo aparente sólo se mantiene por un tiempo, lás máscaras se caen. La falsedad rezuma un hedor insoportable. Y bajo eso, no hay nada. Nada.


Es como haberte avisado de que no abras una puerta que se encuentra sellada por el tiempo hace siglos. Una puerta que sabes prohibida. De la que siempre has oido que no debes abrir porque no hay nada en su interior. Pero a tí esa excusa te parece que oculta el mayor de los misterios, como no. Yo la he abierto. No había nada.




Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.

Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!»
Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!»
Ahora sé que la nada lo era todo.
y todo era ceniza de la nada.

No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)

Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.

José Hierro.

La nada le parecía más pavorosa que el dolor...

Me quedo sin palabras, se apaga el fuego cada vez que me alejo del espacio que hizo que un día nos mirásemos por primera vez. Hace tanto que ni lo recuerdo. No me acuerdo del primer día. Tantos encuentros y no somos capaces de divisar que ese será especial, que merecerá ser recordado. No lo recuerdo. Imperfecto. Como lo que un día fuimos.

Y ahora que me quedo sin leña con la que quemar el hastío que me abarca, hace mucho frío. Empieza a refrescar demasiado y no tengo papeles que quemar en la fuente de mi recuerdo. No encuentro cerillas ni mechero tampoco que me ayuden a prender los escombros y rescoldos provocados por la gran hoguera en la que un día ardimos, destrozando la eternidad que nos quedaba. Y lo peor, se vuelan las cenizas. Noto cómo se van. Se están yendo.

Vuelven de vez en cuando pero cada vez se muestran más frías, cada vez nos miran con más distancia, con más desapego. Vuelven ya no en busca de más fuego sino con rencor. Nos miran por encima del hombro cuestionando lo que un día fue y en lo que finalmente se han convertido. Y no sabes cuánto me duele escribir ese 'finalmente'. Mentiría si dijera que lo escribo sinceramente. No porque no haya acabado sino porque me niego a aceptarlo. Y es que de vez en cuando, cuando vuelvo sin remedio a la prisión y me miro al espejo, entre los reflejos, veo en la mirada aún brillos entrecortados que quieren resurgir de la oscuridad, chispas vestidas de indiferencia pero que a la mínima recobran su verdadera apariencia.

Pero si me alejo de la prisión no queda nada, te esfumas. No puedo buscarte entre las sombras, no hay rejas ni muros ni frascos encantados llenos de fragancia que impregnen nuestros corazones devastados por la amargura. No hay puertas cerradas que nos contengan. Todo está abierto. El aire entra por todas las rendijas y se lleva las hojas marchitas de mi querida primavera. Todo seco. Nostálgico otoño. Se vuela lo que ya no pesa, lo que ya no tiene vida. Todo lo muerto.

Amor o mentira, mentira o nada.

Como las sombras que habitaban la caverna platónica, tan complicadas, misteriosas... aquellas capaces de producir la curiosidad más entretenida, el hastío más profundo, el desasosiego más amargo, la calma más inestable...


Ya dice mi querido Nietzsche que no la duda, sino la certeza es lo que vuelve loco y... entre los presos encadenados, vivía arrodillada pensando que eso era lo real, que eso era lo bello, lo justo o lo injusto daba igual, no obedecería ninguna ley establecida o por establecer que fuera en contra de las sombras que veneraba con pleno placer, deleite, dedicación, fe infinita...


Y así siguió el tiempo tan desconsiderado, egoista, alejado de escuchar los lamentos que fructuaban a su paso, destruyendo ciudades enteras, cadenas por doquier, miradas infinitas, noches adornadas bajo el resplandor de las luciérnagas. Así consiguió entre gritos, llantos y súplicas una vez que ya las cadenas no marcaban con sus garras cicatrices incurables llenas de miseria en piel de tercipelo, volver la vista hasta que la luz de la hoguera prendió en sus ojos el fuego de la incertidumbre ante lo desconocido, presionándola a subir hacia la superficie, abandonar lo que hasta hoy era seguro, lo que hasta hoy era.
Haciéndole subir los escalones más pesados, la tierra más endeleble, las rocas más violentas hasta finalmente pisar los recuerdos más arraigados en lo más profundo, arrancando de raíz las flores más agradecidas y venenosas. Así llegó finalmente arriba, y como el que sube una montaña y llega a la cima para descansar disfrutando de la brisa, quedó tan maravillado como aterrado con la nitidez del escenario...




Amor o mentira, mentira o nada.





¿Y te da miedo verdad?, te da miedo enfrentarte a lo que quieres, te da miedo sentir algo por algien lo sumamente poderoso que pueda llegar a destruirte por un instante, te da miedo depender de alguien y te evades, cierras los ojos y te vas corriendo a tientas, al peligro de mil tropezones sucesivos. Pero te da igual, prefieres eso a acabar nuevamente preso. Prefieres olvidar lo que un día fue bello, justo, real. Pero efímero. Si es eso lo que quieres lo siento, no puedo regalarte el paraíso de la eternidad, solo ofrecerte infinidad de momentos frágilmente maravillosos y peligrosos cuyo fin es la muerte pero que renacerán siempre que desees.