Ciegos.

Hay una persona que significa mucho para mí y nunca he hablado de ella aquí. Esa persona, un día, posiblemente un 2 de noviembre de hace muchos años, cuando nadie lo había hecho ni lo ha hecho desde entonces, quizá vió algo gris en mi paseo, algo lúgubre en mi caminar, algo de inconsciencia en mi mirada. Inconsciencia. Pues es a partir de ese momento que cambió toda mi vida, a partir del cual tengo recuerdos lo suficientemente firmes como para poder hablar de mi infancia/adolescencia. Es como si hasta entonces todo hubiera sido un camino terregoso, donde mis mismos pasos intentando avanzar, removiendo toda la tierra, hubieran formado una nube impidiendo mi visión. Y ciega yo, negro el panorama, sólo queda dar bandazos de un lado a otro. ¿Acaso la vida no son todo bandazos?. Digamos que esa persona, apartó un poco la tierra de mi vista, dió luz firme a mis ojos y me encaminó en la conciencia. Siguiendo a Locke, digamos que empecé a formarme, a ser una persona que es la misma que es hoy porque tiene conciencia de lo que fue. ¿Y antes? No hay recuerdo de lo que fui antes, no era nada entonces. ¿No era yo entonces?

Nunca he hablado aquí de la amistad, quizá porque la he conocido muy poco. Pero debo deciros, como si alguien me escuchara, que esa persona de la que os hablo, en aquel momento, lo fue. Al menos así lo considero yo, así lo fue por mi parte. Quizá ella no lo sintiera así en ese momento, o simplemente nunca, y de nuevo, estoy hablando aquí de alguien que posiblemente no tiene ni idea de lo que siento, ni siente algo parecido. Pero bueno, dejadme el beneficio de la duda, pues si no, el relato se volvería más terrible y estúpido. Como os decía, muchas personas pasan a lo largo del día por nuestra cara pero cuesta encontrar personas con las que exista esa complicidad genial, ese asemejamiento en ciertos gustos. Y creo que nos unía algo tan importante como era la música...

Y con esa misma persona, por estupideces del momento, ayer bajabamos la cabeza, esquivando la mirada. Hoy un saludo rompe el silencio que antes dejabamos sonar. Nada. Basura comparado a lo que podría haber sido. Y digo podría porque a lo mejor aunque quisiésemos ya no se puede, pues ella habrá cambiado al igual que yo. Sin embargo, me gustaría agradecerle desde aquí lo que hizo. Pues si oyes hablar mucho de una cosa pero jamás la conoces, al final, esos fantasmas de los que no es la primera vez que hablo, acaban por apoderarse de ti, el escepticismo hunde bien sus raíces y no hay forma de levantar la cabeza y ver algo. Con ella creo que conocí eso que tan comunmente y tan a la ligera llamamos hoy amistad.

Si yo iba por mi camino terregoso andando rectamente, conocer a esa persona, supuso cambiarme al carril de la derecha como cuando conducimos con el coche antes de entrar a una rotonda. Nos cambiamos a la derecha porque si seguimos por los carriles centrales, la única dirección que podremos seguir será la misma que llevábamos, recto. Sin darme cuenta me predisponía a cambiar la ruta, a dejar la recta y a coger una curva que me abriría nuevos caminos, nuevas calles, nuevas salidas por las que hacer llevar mi destino. Esa persona me abrió nuevas salidas, y cada una de ellas, totalmente distinta, o no. Sea como sea me brindó una oportunidad perfecta y por ella conocí nuevos parajes. Pero el que está acostumbrado a navegar siempre recto porque nunca le han dejado o nunca ha conseguido que el resto de coches le dejen cambiarse de carril, cuando lo consigue, por falta de experiencia, puede provocar un accidente, colisionar con otros vehículos, ponerse nervioso, y simplemente, equivocarse de salida. Yo hoy me acuerdo de esa amiga porque vuelvo al punto en el que me encontraba antes de conocerla. Al parecer desde que tomé la salida lo único que he hecho ha sido dar una vuelta sobre mi misma. He dado una vuelta por nuevas avenidas, callejones sin salida, e incluso autovías he cogido cambiando de ciudades, pero he vuelto otra vez al punto de salida, al punto de inicio. Recto. Y ya se sabe, que en las carreteras más simples, en las rectas que pueden hacerse monótonas, son en las que más accidentes mortales se producen.

Hoy he vuelto a soñar con ella. Nos reconciliabamos y le dejaba un libro: Ensayo sobre la ceguera, de Saramago. Interesante subconsciente que todo lo une y te lo muestra dándote la lucidez que de día la conciencia te nubla como mecanismo de defensa ante la verdad que duele. Todos ciegos, dando bandazos:

"- Pobres tus padres, pobre tú, cuando os encontréis, ciegos de ojos, ciegos de sentimientos, porque los sentimientos con que hemos vivido y que nos hicieron vivir como éramos, nacieron de los ojos que teníamos, sin ojos serán diferentes los sentimientos, no sabemos cómo, no sabemos cuáles, tú dices que estamos muertos porque estamos ciegos, ahí está.
- Tú amas a tu marido.
- Sí, como a mí misma, pero si yo me quedo ciega, si después de perder la vista dejo de ser quien he sido, quién seré entonces para seguir amándole y con qué amor.
- Antes, cuando veíamos, también había ciegos.
- Pocos en comparación con los que hay hoy, los sentimientos normales eran los de quien ve, y los ciegos sentían entonces con sentimientos ajenos, no como los ciegos que eran, ahora sí, lo que está naciendo es el auténtico sentir de los ciegos, y sólo estamos en el inicio, por ahora aún vivimos de la memoria de lo que sentíamos, no precisas tener ojos para saber cómo es hoy la vida, si a mí me dijesen que un dia mataría lo tomaría como una ofensa, y he matado.

[...] y ahora, vámonos a dormir, que mañana es otra vida. Otra vida, o la misma."

-Ensayo sobre la ceguera. Saramago.

Clave de Sol.

Entre el murmullo abarrotado de la multitud
gritó el silencio por un momento,
aulló el lobo en la lejanía,
donde el horizonte dorado ardía
entre tímidas claves de Sol
y acordes distraidos en busca de armonía.

Gritó, y no dijo nada...
gritó y se arrepintió.
Gritó y sonó el murmullo más ensordecedor,
el violín más descorazonador,
el sentimiento más abstruso,
la certeza mejor guardada,
la seguridad que provoca el no ser comprendido,
saber tu secreto el mejor guardado.


El haber cerrado puertas por doquier,
el encontrarse hoy en la jaula de cristal,
entre sombras y vaivenes,
le oprimía y a su vez,
le abría las puertas de la misma inmensidad.


Jamás alguien será y sentirá eso mismo en este momento, en este lugar, de esta manera, con estos colores, con esa angustia que me desborda. Esa angustia de pensar que la vida se me va. Una puerta que se cierra con toda seguridad en mí. Conmigo se cierra. Y en mí se abre lo que queda por venir.

Ni el sentimiento logra hacer del consuelo verdad, ni la razón logra hacer de la verdad consuelo; pero esta segunda, la razón, procediendo sobre la verdad misma, sobre el concepto mismo de la realidad, logra hundirse en un profundo escepticismo. Y en este abismo encuéntrase el escepticismo racional con la desesperación sentimental, y de este encuentro es de donde sale una base -terrible base- de consuelo.

Del sentimiento trágico de la vida. Unamuno.



Y al final todo lo sentido queda reducido a metáforas, metáforas...

El amor desea, el temor evita.

Creo que sabes lo que pienso, sabes lo que siento. Has visto mis pupilas dilatadas intentando buscar en las tuyas el mínimo roce de luz celestial. Me habrás visto nadar a contracorriente en tus ojos para no naufragar en el abismo que surge con tu silencio. Siempre alerta, pendiente del mínimo gesto que logre transmitirme la lógica que siguen tus actos, pendiente de intentar ver qué hay detrás de tu comportamiento, qué subyace tras de tí. Intentar ver qué hay debajo de esa figura, de ese rostro, de esa parte de tí que no conozco, que no me pertenece, que se me escapa.

Un día me abriste un poco esa puerta, no sé por qué pero lo hiciste. Cuidadosamente moviste esa roca que se interponía entre la persona que conozco y la persona que eres en realidad. La pesada roca se movió ligeramente, pero lo justo como para que entrara un pequeño rayo de Sol que iluminase el escenario que allí se escondía, con nuevos actores, con nuevos problemas, una nueva melodía, sentimientos hasta ahora desconocidos en tí. Un lugar donde la superficialidad, que antes de abrir permanecía allí oculta intentando reinar sobre sus fieras tuvo que marcharse, pues la luz llegaba directamente a sus ojos. Ya no tenía escondite. No podía ya camuflarse entre el dolor y el escepticismo. Esa noche de la que hace un año fue todo luz.

Sabes que eres lo único que me aparta de alcanzar el escepticismo total, que creo en tí, que te admiro por encima de todo, que a tu lado me siento lo más pequeño e insignificante, inferior ante todo eso que yo veo en tí. Lo sabes y quieres demostrarme que no es así, quieres que piense que estoy equivocada, quieres decepcionarme, demostrarme que puedes fallarme, que no eres tú ese al que yo idealizo, que te baje del altar que hace que cuando estamos juntos...




"El amor desea, el temor evita. A esto se debe que no podamos ser conjuntamente amados y respetados por la misma persona, por lo menos al mismo tiempo. Pues quien respeta reconoce el poder, es decir, que le teme; su estado es un temor respetuoso. Pero el amor no reconoce ningún poder, nada que separe, distinga, ni establezca superioridad o inferioridad de rango."

Humano, demasiado humano. F. Nietzsche.

Luces apagadas.

"Así son las perspectivas de la esperanza, pensaba el Magistral; cuanto más nos acercamos al término de nuestra ambición, más distante parece el objeto deseado, porque no está en lo porvenir sino en lo pasado; lo que vemos delante es un espejo que refleja el cuadro soñador que se queda atrás, en el lejano día del sueño..."

-La Regenta. Leopoldo Alas Clarín*.






Me gustaría expresarlo pero no sé si me duele demasiado hacerlo, o por el contrario, no me duele nada. Quizá lo que más me duele es no saber en qué momento dejé el escenario real y, en consecuencia, me hice esclava de un espejo.

El reencuentro.

Corría el agua en la cascada con más sed que nunca, necesitaba llegar. Necesitaba saciarse. Necesitaba caer. Necesitaba subir. Caer desde lo más alto. Golpearse frenéticamente con el manantial que abajo esperaba. La impresión con el cambio de temperatura, dejar el frío ardiente hasta alcanzar el fuego purificador de aquella mirada salvaje. Necesitaba hundirse entre los matorrales sugerentes que ofrecían sus pupilas. Alojarse allí por un tiempo y mirar al Sol de frente, desafiándole. Saludar al Tiempo desde el frenético fluir, alojados en la morada de la aguja segundera que marca el viento con sus traspiés despistados y olvidadizos.

Dejar de soñar y vivir al fin. Así que abandoné la imaginación, encerrándola con llave hasta que volviese y salí a la calle. La abandoné.

He vuelto y ya no está. Los muros, alarmados, fueron su cómplice abriéndole paso al escuchar sus discretos sollozos.

Yo he vuelto a mi prisión en su búsqueda, como siempre, pero ya no está. Hoy no vuelan las cenizas. Hoy no recuerdo el fuego. La olor a quemado lo devasta todo, como el bosque que ha dejado de serlo, convirtiéndose todo en montones de finas ramas superpuestas unas a otras con el único calor de sus huesos. Hoy no hay hojas que vuelan. No corre el viento por los caminos deshechos.


Algo ha muerto. Se han esfumado los fantamas. Tantos meses viviendo de imaginarte y ahora... ahora que te veo desapareces. Ahora que te he escuchado las claves de Sol abandonan el pentagrama. Ahora que te he tocado siento como te diluyes en mis ensoñaciones constantes. Y eso es lo que menos deseo.

Estamos a alturas diferentes. Para mí siempre estarás arriba. Serás mi idea perfecta, de la que dependo, la que me da luz, orden. No quiero que bajes, tampoco yo debo subir. Ambos sabemos que en el fondo es lo mejor. Si abandonamos el decorado ya nada tendrá sentido.

En el guión, yo te quiero, tú no y no quiero que lo hagas. Es algo desinteresado. No pretendo hacerte real.


Hoy la tierra y los cielos me sonríen,
hoy llega al fondo de mi alma el sol,
hoy la he visto... la he visto y me ha mirado...
¡hoy creo en Dios!

Bécquer.

Volverte a ver.

Esperaban largos días de vuelta a la flor de cristal. La ciudad de la luz y la ocuridad. Del rojo pasión. Muchos días se presentaban marcados por el rocío en el calendario de nuestras miradas. Sí, ese que yace abandonado en un lugar demasiado lejos, aparentemente olvidado, bajo las mantas más pesadas. Como si las miradas fuesen a salir de su escondite. Como si yo temiera volver a encontrarlas un día cualquiera...

Mi cómplice estrella, esa que vislumbró de lo que aún hoy sigo día a día intentando despojarme. Eso que la noche me confiesa al oido, como en un susurro entre las sábanas, llenando mis sueños de las peores profecías que cada vez a mi corazón con mayor frecuencia asedian. Esa que sale con luz en la mirada y que vuelve corriendo con la promesa de no intentarlo jamás... hasta que de nuevo la pasión es más fuerte, el sentimiento arrincona al escepticismo, al único que de vez en cuando se acerca con la intención de protegerme de los caprichos del deseo...

Cuando este no aparece, sólo me queda entregarme sin más a la mayor fuerza natural, de la que no hay escapatoria alguna. Me entrego culpable ante el jurado por haber intentado vivir lo que al parecer, no me pertenece según la contingencia que nos gobierna. Lo que sólo yo vivo. Lo que nadie conoce. Lo que sólo el viento esparce con su aroma a mi paso. Lo que me horroriza sin igual por la belleza sublime que derrocha, que me llama, que me atrae hacia ella, lo que me hace perecer de dolor, de pasión, fuego, luz.


Por eso haberte visto, habernos reencontrado de nuevo en aquellos días sólo hubiera supuesto un casi último aliento, un brillo dorado, un resurgir, un renacer para volver a morir de nuevo. Una oleada de cenizas esperando arder, pidiendo lo que les pertenece a toda costa sin más. Sin mirar que el mismo fuego que anhelan con demasía les hará perderse después en el más frío hastío que produce lo que nace y perece dejando cosas aún por terminar, troncos por arder. Morir sin estar satisfecho, morir dejando algo por acabar, dejando algo que jamás empezó. Eso hubiera significado volverte a encontrar, volverte a encontrar en el mismo lugar que mis labios rozaron con la sutileza sigilosa del momento irrepetible lo que jamás dijeron, lo que jamás besaron. Lo que siempre quisieron...


Volverte a encontrar hubiera sido... el último hálito de dulzura del que se encuentra entre las paredes verdes del destino, de las mascarillas que tiemblan de miedo, de la olor a final, de la última página del libro, del último desafío de la cordura, de la mayor posesión de la inspiración desbocada, del último grito desgarrador de la locura. Volverte a ver... hubiera sido el peor despertar de una pesadilla que no acaba, una pesadilla cuyo despertar resultó ser más terrible que la pesadilla misma.





Volverte a ver... hubiera sido precioso.




.

Caer.

Decepción. Nada roe más al alma que la decepción a sí mismo. ¿O no es a mí?. Sí y no. Quizá no valgo para esto. Quizá es verdad. Quizá tus palabras guardaban la verdad dolorosa encarnada. "No te equivoques". Pero debes saber una cosa, si me he equivocado, no había otra opción a elegir. No hay otra opción. No hay otra. Es la única manera en la que sé vivir.

Sí, vivo para mi, pero por ti. Cuando hago algo, lo hago porque lo quiero para mi. Para mi, pero contigo. ¿Entiendes?

Y cada vez que mis manos rozan el suelo, que se entrecruzan mis piernas hasta caer, cada vez que me hundo en la profundidad de mi soledad oscura, que siento que podría haberlo hecho mejor, me duele caerme. Pero no tanto por mi como por caer para ti. Caer a tus ojos. Caer y encontrarme a años luz de volver a subir para, ¿luchar por ti?. Para subir a ti. Pero es que acaso, ¿caigo para ti?, ¡Qué estúpida!, gritándole al silencio, una vez más. Escribiendo como si leyeras esto. Como si fueras consciente de algo. Cayendo por mi y por ti, por los dos. Sufriendo mi caída y mi caída ante ti. Hablándote desde aquí, al vacío. Creyendo que caigo para ti, creyendo que para ti alguna vez he estado arriba...

Nada.

Es sorprendente el entendimiento. Pasamos por el mismo camino todos los días, sin cambiar un ápice el recorrido. Tenemos delante todo lo necesario. Delante mismo. Sin más. Y no lo vemos.

Todo sigue con total normalidad, nada cambia, todo a la vez, todo cambia, y todo sigue igual. El resultado a la ecuación no varía. Sin embargo, un día lo entiendes. Sin que haya cambiado nada, todo sigue igual. Nada parece haberte hecho despertar de tu letargo y sin embargo, despiertas.

Despiertas y no hay nada alrededor, ¿sabes?, no hay nada. La soledad más infinita acompañada de la triste desesperanza surge de entre los rincones. No hay nada. No pasa nada. "Es lo que hay", gritan voces ajenas que te hastían con su ya asumida y abominable resignación. Ai, tú querías cambiar el mundo, tu mundo. Tú querías... querer sin más, querer sin motivo. Te enamoraste del deseo y te mostró su peor cara. Es lo que hay, ¿no?.

Te das cuenta de lo sola que estás ahora. De lo sola que has estado siempre. ¿Te sorprende? Tejiste un red aparentemente grandiosa al igual que vacía. No presenciaste grandes discusiones porque simplemente no había sobre qué discutir. Lo aparente sólo se mantiene por un tiempo, lás máscaras se caen. La falsedad rezuma un hedor insoportable. Y bajo eso, no hay nada. Nada.


Es como haberte avisado de que no abras una puerta que se encuentra sellada por el tiempo hace siglos. Una puerta que sabes prohibida. De la que siempre has oido que no debes abrir porque no hay nada en su interior. Pero a tí esa excusa te parece que oculta el mayor de los misterios, como no. Yo la he abierto. No había nada.




Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.

Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!»
Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!»
Ahora sé que la nada lo era todo.
y todo era ceniza de la nada.

No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)

Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.

José Hierro.

La nada le parecía más pavorosa que el dolor...

Me quedo sin palabras, se apaga el fuego cada vez que me alejo del espacio que hizo que un día nos mirásemos por primera vez. Hace tanto que ni lo recuerdo. No me acuerdo del primer día. Tantos encuentros y no somos capaces de divisar que ese será especial, que merecerá ser recordado. No lo recuerdo. Imperfecto. Como lo que un día fuimos.

Y ahora que me quedo sin leña con la que quemar el hastío que me abarca, hace mucho frío. Empieza a refrescar demasiado y no tengo papeles que quemar en la fuente de mi recuerdo. No encuentro cerillas ni mechero tampoco que me ayuden a prender los escombros y rescoldos provocados por la gran hoguera en la que un día ardimos, destrozando la eternidad que nos quedaba. Y lo peor, se vuelan las cenizas. Noto cómo se van. Se están yendo.

Vuelven de vez en cuando pero cada vez se muestran más frías, cada vez nos miran con más distancia, con más desapego. Vuelven ya no en busca de más fuego sino con rencor. Nos miran por encima del hombro cuestionando lo que un día fue y en lo que finalmente se han convertido. Y no sabes cuánto me duele escribir ese 'finalmente'. Mentiría si dijera que lo escribo sinceramente. No porque no haya acabado sino porque me niego a aceptarlo. Y es que de vez en cuando, cuando vuelvo sin remedio a la prisión y me miro al espejo, entre los reflejos, veo en la mirada aún brillos entrecortados que quieren resurgir de la oscuridad, chispas vestidas de indiferencia pero que a la mínima recobran su verdadera apariencia.

Pero si me alejo de la prisión no queda nada, te esfumas. No puedo buscarte entre las sombras, no hay rejas ni muros ni frascos encantados llenos de fragancia que impregnen nuestros corazones devastados por la amargura. No hay puertas cerradas que nos contengan. Todo está abierto. El aire entra por todas las rendijas y se lleva las hojas marchitas de mi querida primavera. Todo seco. Nostálgico otoño. Se vuela lo que ya no pesa, lo que ya no tiene vida. Todo lo muerto.

Amor o mentira, mentira o nada.

Como las sombras que habitaban la caverna platónica, tan complicadas, misteriosas... aquellas capaces de producir la curiosidad más entretenida, el hastío más profundo, el desasosiego más amargo, la calma más inestable...


Ya dice mi querido Nietzsche que no la duda, sino la certeza es lo que vuelve loco y... entre los presos encadenados, vivía arrodillada pensando que eso era lo real, que eso era lo bello, lo justo o lo injusto daba igual, no obedecería ninguna ley establecida o por establecer que fuera en contra de las sombras que veneraba con pleno placer, deleite, dedicación, fe infinita...


Y así siguió el tiempo tan desconsiderado, egoista, alejado de escuchar los lamentos que fructuaban a su paso, destruyendo ciudades enteras, cadenas por doquier, miradas infinitas, noches adornadas bajo el resplandor de las luciérnagas. Así consiguió entre gritos, llantos y súplicas una vez que ya las cadenas no marcaban con sus garras cicatrices incurables llenas de miseria en piel de tercipelo, volver la vista hasta que la luz de la hoguera prendió en sus ojos el fuego de la incertidumbre ante lo desconocido, presionándola a subir hacia la superficie, abandonar lo que hasta hoy era seguro, lo que hasta hoy era.
Haciéndole subir los escalones más pesados, la tierra más endeleble, las rocas más violentas hasta finalmente pisar los recuerdos más arraigados en lo más profundo, arrancando de raíz las flores más agradecidas y venenosas. Así llegó finalmente arriba, y como el que sube una montaña y llega a la cima para descansar disfrutando de la brisa, quedó tan maravillado como aterrado con la nitidez del escenario...




Amor o mentira, mentira o nada.





¿Y te da miedo verdad?, te da miedo enfrentarte a lo que quieres, te da miedo sentir algo por algien lo sumamente poderoso que pueda llegar a destruirte por un instante, te da miedo depender de alguien y te evades, cierras los ojos y te vas corriendo a tientas, al peligro de mil tropezones sucesivos. Pero te da igual, prefieres eso a acabar nuevamente preso. Prefieres olvidar lo que un día fue bello, justo, real. Pero efímero. Si es eso lo que quieres lo siento, no puedo regalarte el paraíso de la eternidad, solo ofrecerte infinidad de momentos frágilmente maravillosos y peligrosos cuyo fin es la muerte pero que renacerán siempre que desees.

El principio del fin...

Había olvidado algo importante y tuve que volver a por ello. Tenía que regresar. Tenía que caminar por calles repletas de alertas rojas que anunciaban tu posible presencia. Eran los sitios claves pero no podía coger otro camino, tenía que enfrentar la posibilidad de un encuentro furtivo, incómodo, donde no sabía cómo iba a reaccionar cada pieza del escenario que nos vió nacer.

Las calles eran las mismas, la misma luz, los mismos personajes secundarios. El exterior, sí, ese que guarda la fama de cambiante y efímero lo encontré igual y si algo había cambiado no era lo suficiente importante como para incomodarme, pero...

Pero me descubrí esquivando miradas, evitando casualidades. Esas que busqué en lo más profundo de la deseperanza y la mala fortuna, por esas que desesperé, por las que caminé con un único fin. Por esas calles por las que un día vagamos sin temor a acabar el tiempo, a gastar las pompas de jabón con las que inocentemente ambos juagábamos sin saber lo que vendría después, sin saber de qué estaban hechas, errantes como salvajes sin noción de cualquier pensamiento racional que nos alejara de nuestro veneno.


Yo jugaba a ser niño mientras tú jugabas a ser mayor, sin darnos cuenta de que jugar no es el fuerte de ninguno de los dos.




Lo que había sido un color, un paisaje idílico, un mágico rincón, sólo era ya un campo devastado por la espera, la amargura, la inseguridad, la distancia entre dos acordes que lejos de la armonía andan perdidos entre la confusión del pentagrama, dos notas que buscan encontrarse y sonar al unísono mientras alguien rompe los andenes que les unen en la mágica soledad del silencio y que ante el cruce de dos caminos deciden embarcar en en vagones diferentes, aún sabiendo que se encuentran al lado, aún sabiendo que bien podrían bajarse y encontrarse al fin. Pero no.

Un día supimos quién eramos, supimos poco a poco abrir el pestillo que nos mantenía presos. Saboreamos la delicia, el placer al fin que supone conocer a otro mejor que a tí mismo, fuimos amigos, fuimos amantes, ahora debemos volvernos dos desconocidos, porque todo lo que nace muere. Quién sabe si algún día...



Como guarda el ávaro su tesoro,
guardaba mi dolor;
yo quería probar que hay algo eterno
a la que eterno me juró su amor.

Más hoy le llamo en vano y oigo al tiempo
que le agotó decir:
¡Ah barro miserable!, eternamente
no podrás ni aún sufrir.

Bécquer.

Puntos suspensivos...

Una noche más entre la oscura niebla de susurros callados, silencios soñadores, violines destrozados, momentos en un limbo, pupilas hechas añicos, claves de sol nostálgicas y sensibles notas de música adornando nuestro edredón de pasiones incompleto... todo incompleto, todo seguido de unos tristes puntos suspensivos que no logran unirse, que no logran ser uno, y así esperan sin tiempo un cuarto que acompañe su solitaria existencia pero sin la fuerza aún de acabar con esa fuerte dependencia que los hace esclavos de una esperanza, sin lograr reducirse a un solo de momento inconcevible punto y final.


Quizá todo acabó esa noche, malvado el destino o la casualidad que te arrancó de mi vida en la ocasión más especial que jamás pudimos vivir... en la Luna más dorada, en el cielo más oscuro, en el amanecer más bello que jamás mis ojos habían visto. Quizá porque jamás había contemplado aquellos parajes en semejantes manantiales azulados que brotaban de tí hasta desembocar en mí ahogándome sin temor con la fuerza más arrasadora.



Quizá todo acabó esa noche cuando al caer sobre mi cama:


-¿Por qué lloras?
-Esto se acaba, lo pierdo de verdad...
-Nunca lo has tenido.

Gritando al silencio...

Una nueva ciudad, un nuevo cielo, luz, cambio... infinidad de sensaciones al cambiar de ciudad, todavía no me lo creo, todavía despierto cada mañana buscando el anterior decorado. Sí, el escenario que tantos secretos guarda entre cortinas desobedientes, oscuridad, gritos discretos y silencios ensordecedores...

Estoy paseando por las calles que un día recorriste. Siguiendo tus mismos pasos... arrancándole las máscaras a mis semejantes y allegados por si te encuentras debajo esperando mi llegada, esperando que llegue a tí, y te busco... pregúntale a las calles que son fiel testigo, pregúntales si no busco en cada mirada tu escondite.

Quizás la atracción que me une a tí de manera insportable es debida a que constantemente me recuerdas a mí, porque te reconozco en cada frase que pronuncias como si fuese mi conciencia la que hablase, porque rompes la barrera que continuamente me hace pensar que no pertenezco a este mundo, que no encajo, que nada encaja ni vislumbra aspiraciones a ello...

Quizás me estoy enamorando... enamorando curiosamente de la única persona en la que me siento reflejada, del reflejo del espejo, sí, ese que un día rompí porque no me reconocía en él... Sí, me estoy enamorando... de la sombra que pisé sin cuidado cuando me seguía a todas partes...


Y es que como se dice en una de mis películas favoritas:


'No importa donde huyas, siempre acabarás tropezándote contigo misma'


Y así es, he tropezado conmigo y he despertado encima tuya de manera inexplicable e inseparable, ahora lo entiendo... eres mío... eres 'yo'

Volando en la cárcel...

Querido amigo, nos volvemos a encontrar de nuevo como cuando las luces hacen sombra en la mirada... oscura, llena de todo lo que se necesita que permanezca en la niebla.


Qué decir si no sé cómo llevar lo que es y deja de ser, qué hacer si veo ante mis ojos como todo es efímero, como se escapan las demás gaviotas enjauladas buscando progreso, cambio... y yo intento escapar y no puedo...


Al alzar el vuelo una parte de mi siempre se queda atrás, por mucho que lo intento el mundo va más rápido.


Cansada, agotada, ésta alma solitaria se deja vencer por la fuerza que le oprime y ve como el resto se eleva y se pierde en el horizonte quedando allí presa sin nada más que su propia conciencia, con el único calor que le producen las plumas que cayeron de sus compañeras al levantar el vuelo.




Cantaba y cantaba y con su melodía llamaba, pedía ayuda siempre esperanzada de que alguien volaría por su mismo cielo, gritaba y gritaba... con todas sus fuerzas.


Con el paso de los días los gritos pasaron a una simple voz, de ahí hasta el susurro, al silencio, pero al silencio más profundo que conocía, desfallecía...



Y así pasaron los días con la mirada agachada en sus aposentos. Y sin ya esperar nada de nadie volvieron en su búsqueda, eso sí, cuando lograron darse cuenta de que ella no estaba, que no les seguía.


Ya juntos comenzaron a volar, pero el resto ya estaba acostumbrado a volar más rápido con lo que ella continuaba quedándose atrás, cada vez más y más, y más...



Hasta que de nuevo volvió a perderles el rastro... ahora que ya era libre no sabía a donde ir. Asique tras vagar bajo aquel cielo uniforme que no le decía nada acerca de su camino, tras no encontrar nada que le motivara a seguir y explorar nuevas rutas... decidió volver a donde jamás llegaría a pensar que volvería por voluntad propia... a su cárcel, a su jaula, de donde nunca debió salir.



Porque con tanto anhelo deseaba la libertad cuando estaba en su interior, que esa motivación era la que le mantenía viva, la que le hacía seguir viviendo.



Porque la vida para los que se plantean el futuro, los que jamás sueltan del todo la mano del pasado, la vida para ellos es un continuo devenir, un ser y no ser, un tenerte y no tenerte, un llegar a ser algo, un camino inacabado que se rompe y deja zonas sin rastro de meta.




Solo es un vagabundo que se aferra a lo que no muere, a su música y a la esperanza de salir de nuevo de su jaula, esta vez, por el camino correcto.

Cuando la máscara se cae...

.




Después de tanto, tras todo lo vivido, ambos creíamos conocernos como nadie jamás supo ni pudo; sin embargo a día de hoy aún somos dos extraños, dos enmascarados entre la niebla que bailamos en estrépito frenesí hasta desfallecer en el fuego maldito que nos destruye conforme más lo alimentamos.


Y así, ignotizados por la música que envuelve lo más oscuro de nuestros corazones, inspirados por la belleza del idílico paraje que es para nosotros la penumbra en la que nos encontramos, donde el único brillo que no se confunde entre las sombras es el reflejo de tus ojos en los míos y de los míos en los tuyos, somos tú y yo. Quiénes somos no lo sé, solo sé que entonces la plenitud irradia como el Sol más ardiente que jamás pudimos observar a causa de nuestra propia oscuridad y nuestro ángel de música, el único que nos persigue salvándonos de las condiciones de nuestra sensibilidad alejándonos más allá del espacio y del inombrable Tiempo aparece cuando le dejan.



'Lo único que importa es cuando la máscara se cae'



Y así malditos por la desesperanza encontramos un punto de apoyo dentro del escenario movedizo y peligroso en el que aparecimos, notamos como el suelo se tambalea, comprendemos que jamás estaremos seguros, que jamás podremos decir nunca, que jamás podremos decir siempre.



Y el dolor se convierte más fuerte y vagamos al fin entre unos acordes distraídos al son del vaivén de un violín descorazonador que permanece activo, impasible, destructor, acabando con lo único sólido a la vez que efímero de nuestro viaje por los terremotos sentimentales que nos asedian tomando por rehén al tiempo y como único rescate, nuestros corazones.




"Hoy no le temo al fuego, pero sí a las cenizas."

Navegando hacia el infinito...

- ¿Crees que nuestro amor nos sacará de aquí juntos?
- Creo que nuestro amor puede hacer todo lo que nos propongamos...



(Suspiro)



Soñando soñé que me adentraba en el mar, lentamente caminaba por la orilla mientras las olas que llegaban a puerto se acercaban a mí agradeciendo mi presencia, cómo quien espera al bajar de un tren, encontrar al otro lado de la estación a dicha persona especial que le recuerde por un momento que todo es real.

Así poco a poco, fuí avanzando hacía el interior, las olas más grandes impactaban contra mí de manera poco acogedora, pero aún así, a pesar de que sabía que...






Seguí y de repente vi que ya mi estancia se hacía más cómoda conforme más avanazaba, ya las olas no iban contra mí sino conmigo, ya no me empujaban hacía la salida, ahora comulgábamos en dulce armonía, fundiéndonos en el mismo elemento.
Ahora me invitaban a entrar más adentro... y yo como ignotizada por aquellos colores azules jamás vistos, aceptaba sin dudarlo, sin importar nada más que estar contigo, arriesgándo, sin pensar lo difícil que sería después salir de allí, aquello no ocupaba ningún lugar en mis pensamientos.



Sólo estaba presa del deseo de seguir amándote apasionádamente...




Y ahora, te das cuenta de que estás muy lejos de la orilla, vislumbras la necesidad de salir, el agua salada te daña los ojos y lo ves claro.
Ahora las olas que permanecían en calma, toman su estado de origen, te zarandean, te empujan, te llevan, eres su presa, mordiste el anzuelo como el pez más desconcertado del mar...



Ahora, ¿cómo salir? ...



Como muy bien dice mi querido Nietzsche: Estamos más enamorados del deseo que del objeto deseado.

Que cual hoy por ayer, por hoy mañana...

Un mundo, una hora, un lugar, una pantalla aburrida...


Tic-tac


Una canción de las que hacen estremecer, de las que hacen evocar imágenes y noches, de las que hacen resurgir de lo más profundo los sentimientos más adormecidos por el paso del tiempo, pero los más apasionantes...


Era la última noche, sí, así de colosal se presentaba...
Sin más apareciste en aquel bar, cuál fue mi sorpresa al levantar mi mirada y...




(Silencio)





Hoy intento reflejar ese brillo, esa luz, esa magia que aparecía por primera vez en mi vida, donde acostumbra más bien a contribuir otro tipo de elementos, entre la niebla y la nostalgia.



( ....... ) Borrar.


¿Qué pasa?.
-No puedo.




Y me enzarzo en mi particular monólogo, ese que nadie entiende, ese que me aparta del mundo, que me hace caminar por calles jamás pisadas.

El camino se hace al andar.

Sí, ese camino que me mantiene aislada en mi pequeño rincón, donde unas notas de música se acercan tímidamente en busca de un ente solitario dispuesto a escuchar, dispuesto a sentir; donde unos libros se convierten en el mejor rival del tiempo; donde el bolígrafo que antes permanecía siempre al lado, ahora parece alejarse minuciosamente sin hacer ruído, de puntillas, porque teme secarse con tanto alboroto y confusión...



Hoy me arrastro a tu mirada, a esos eternos momentos de paraíso azul oceánico... y... no quiero olvidarlos jamás.



El tiempo... cruel enemigo, tú que aletargas mis recuerdos como si de trazos de un boceto emborronado se tratase. Impasible, invencible... si ya lo aventuraba mi querido Bécquer:




Cuando volvemos las fugaces horas
del pasado a evocar
temblando brilla en sus pestañas negras
una lágrima pronta al resbalar.

Y al fin resbala y cae como gota
del rocío, al pensar
que, cual hoy por ayer, por hoy mañana,
volveremos los dos a suspirar.

Después de todo, después de nada...


Después de todo, todo ha sido nada,

a pesar de que un día lo fue todo.

Después de nada, o después de todo

supe que todo no era más que nada.

Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!»

Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!»

Ahora sé que la nada lo era todo.

y todo era ceniza de la nada.

No queda nada de lo que fue nada.

(Era ilusión lo que creía todoy que,

en definitiva, era la nada.)

Qué más da que la nada fuera nada

si más nada será, después de todo,

después de tanto todo para nada.



"José Hierro"








Frágil...

¿Recuerdas un momento de tu vida en el que te hayas sentido tan solo? ¿Tan insignificante?

La inspiración parece haberme abandonado, no puedo, escribo y viene a mi memoria su rostro palido camuflado entre las paredes de aquel hospital que le tiene preso, entre aquel ambiente cargado y sediento de esperanza.
Y cada día preguntaba cuando marchariamos a casa, estaba lleno de ganas y todos decíamos pronto, pronto. Y en verdad estabamos convencidos de que sería así. Y así avanzaba, esperando salir para seguir con su familia para volver a su casa, para seguir pintando sus maravillosos cuadros, para seguir con su vida.

Y de repente te quieren quitar todo lo tuyo, tu vida.


Y ahora ¿qué pasa?, en su mirada ya no distingo las ganas, de la desilusión, del miedo, de la inceridumbre, del dolor.
Ahora ya no pregunta cuándo nos vamos a casa...


En estos momentos que te da la vida en los que necesitas más apoyo, en este momento te necesito más que nunca y no estás.

El cristal se está desgastando con tanta magulladura...

En estos momentos... no puedo escribir...


Gracias mi amor...




Ya me levanto yo sola.

Pasando el tiempo...

Es sorprendente lo que a veces nos lleva la costumbre, el hábito de hacer algo de manera repetitiva, y lo paradójico es que no siempre necesitas eso que ya no está sino la sensación que te producía la presencia de ese algo, la manera en la que te sentías.

Y así es, al final acabas un domingo por la noche, tras haber realizado todo lo que debias en un supuesto falso no conectado en cierta cuenta que no deberías ni pisar, en la que de hecho no ganas mucho en torno a información si es eso lo que buscas, ya que solo ves su nombre o alguna frase sin cambiar desde hace un mes, pero allí estás, ya no sé si por esperanza de algún tipo de movimiento en la pantalla por fuerza infusa, casualidad... o simplemente porque parece que se acorta un milímetro la lejanía que os separa, y no me refiero a la distancia física. Es la curiosidad la que me puede, el querer saber donde está y qué hace, solo eso.

Y mientras la música suena, de vez en cuando un sonídito te hace sobresaltar un poco, pero solo un poco, porque no es, y sigues aquí escribiendo, perdiendo un poco el tiempo, y hoy no estoy mal, es un día... normal. Muy normal.

Un día de esos que como tú decías, me podrías despertar con un besico, sí, como la bella durmiente...

Y hablando de dormir, de sueño, ya tengo la cama abierta y las mantitas me miran de manera cómplice, tiernas y tentadoras, los ojos van cerrándose, la mirada va cayendo, y me retiro a soñar.